Iscris

octubre 3, 2009

El Pesanervios, hoy, como cada mañana del sábado, ha ido a simpatizar con el mundo metropolitano. Simpatizar no es la palabra, pero ha sido la primera de una lista interminable. Era la más amable, la más cariñosa que ha podido elegir. No fué mucho, apenas un rato, ha estado fuera de su cubículo, paseando y respirando el aire viciado y contaminado de ésta ciudad. Madrid, unas horas después de haberse deshechado su candidatura olímpica, ya por segunda vez, con su corazonada bajo el brazo, con su orgullo pisoteado, vuelve a ser lo mismo que era, fué y será. Simplemente Madrid, sin manos ni colores. Una ciudad en eterna construcción o una ciudad en eterna destrucción, llena de agujeros, máquinas y equipos de derrumbe. Madrid, Madrid y sus calles cortadas. Apesar de todo tiene encanto gastar la suela por sus aceras, asomar la cabeza donde da el sol.

El Pesanervios, éste asqueado y triste tipo, éste condenado discípulo del silencio, harto de la pringosa publicidad que se cuela por todos los resquicios, en su buzón, en su correo electrónico, cuando abre el periódico, cuando ve la televisión, cuando escucha la radio… e incluso cuando se atreve a abrir la puerta y salir a la calle y por casualidad mira hacia arriba, o hacia abajo… allí está; o si camina por una calle estrecha y oscura, sabe que pronto, al llegar a la esquina y doblarla habrá un tipo sonriente que le buscará con la mirada (esa caña de pescar emotivas reacciones y escondidas manos) le acercará un papel. El mundo se muere por que el Pesanervios compre algo, lo pide a gritos. Todo parece una boca que grite crisis. Lo que antes era otra cosa es ahora crisis. La palabra que ha ocupado todos los rincones y todas las frases. Crisis, crisis, crisis. Una palabra a la que le ha nacido corazón, pulmones, voz, piel y ahora camina entre nosotros como una entidad propia. Todo es crisis.

El Pesanervios ha estado mirando libros, una de sus tareas favoritas. Ha entrado en una librería y ha caminado lentamente mientras movía rápido sus ojos de una estantería a otra. De Bolaño a Delillo, de Roth a Musil, de Pynchon a Bellow, y así de manera infinita. Ha comprado cuatro libros y ha salido con ganas de escribirlo todo, de devorar y morderlo todo, de precipitarse en un agujero sin fondo, de

de

de destrozar su propio puzzle y recomponerlo. Ha pensado que debe estar preparado para construir su propio puzzle, de saber en qué lugar va cada pieza, que si es capaz de abordar esa tarea nada o casi nada le afectará, le romperá. Que si pierde su trabajo, que si finalmente lo echan, que si se queda sin aquella promesa de casa, tras años ahorrando puto dinero, que si finalmente no puede optar a todos sus sueños, que si

que si

que no se volvería a romper si eso sucediera.

El zapato de Oriente Medio

diciembre 18, 2008

El Pesanervios puede asegurar, y de hecho lo está haciéndo ahora, que no le gusta nada hablar en tercera persona. Es como si pretendiese ocupar el lugar de otro siendo él mismo, una situación del todo rara y estrambótica, pero que de alguna manera le dá dimensión propia a la hora de expresarse.  Es por esto que últimamente el Pesanervios ha deliverado para consigo mismo respecto a esta cuestión. Como en muchas otras cosas no ha llegado a ninguna conclusión, y mientras no lo haga seguirá apareciendo por aquí muy de vez en cuando.

Por un día El pesanervios va a saltarse los límites propios de su autodelimitación. No va a hablar de hechos o cosas que le han ocurrido o ha visto con sus propios ojos en la calle, en su trabajo o en su barrio.  No. El domingo pasado El Pesanervios pudo ver una imagen en televisión que lisergizó del todo sus sentidos. Imagen o símbolo, según se mire.  Mientras vivimos en ésta época atenazada por la llamada Crisis Global, una noticia anecdótica se cuela por arte de magia en los anales de la historia. Por una parte estaba el periodista Muntadar Al-Zaidi, que quizá a muchos ni les suene, y por la otra George W. Bush, presidente (por ahora) de los Estados Unidos de América. En medio de los dos un simple zapato. Occidente y Oriente Medio. Dos culturas cara a cara. Dos seres humanos representando toda una época:  Ésta. Justo ahora, un resumen.

El zapato, en la cultura árabe, simboliza suciedad. Mostrar su suela es de mal gusto, y ya no digamos golpear con él a alguien. Es por eso que los musulmanes se quitan sus zapatos antes de entrar en las mezquitas, como respeto hacia lo sagrado.

Allí teníamos al periodista Al-Zaidi, simbolizando un pensamiento, una forma de vivir y sentir, no lanzando una pregunta ni un zapato: Lanzando un insulto físico al Presidente de los Estados Unidos. La importancia, el alcance, de éste gesto le convierte en héroe. Nunca nadie hizo una mejor crítica periodística. Otros, desde la otra parte, sólo se quedarán con los magníficos reflejos que tuvo Bush para esquivarlo.

El pesanervios, pieza de arcilla aún húmeda, se moldea constantemente en el transcurrir de los días. Sabe que ya hay partes de sí mismo que se están endureciendo, y que cuando a veces intenta doblarlas surgen clandestinas grietas dibujando colas de un caballo diabólico. Desde la geología han aparecido escalas que pueden aplicarse también a los intríngulis del comportamiento humano, y por tanto también a los tejemanejes psicológicos del Pesanervios (muy a su pesar).

Tanto es así que si golpeásemos al Pesanervios en ciertas partes de su razonamiento, éste se desmoronaría por completo, abriéndose como lo hacen las cáscaras de huevo y derramándose por el suelo. Es por eso que, atento a estas partes duras de su anatomía, intenta acordarse de regarlas con un agua un tanto deshidratada en cada atardecer. Desde el humanismo gestáltico, el Pesanervios aprendió como triste paciente que la rigidez supone debilidad y la flexibilidad fortaleza.

El Pesanervios piensa sobre sí mismo, no como individuo, sino como resultado de varios razonamientos cruzados. Flexibilidad es su pauta, su escala de Mohs para medir emociones. No quiere decir con esto que tenga un severo trastorno de personalidad, sino que su forma de comportarse se parece más a un cocinero que elige ciertas especias, especias plantadas en el intersticio de sus células, para elaborar así el sabor de uno de sus platos. Biológicamente se sabe resultado de la mezcla genética de infinidad de seres anteriores, seres que vieron y escucharon objetos y sonidos ya extinguidos. Comportarse pues, es hacer una especie de arqueología genética y moral.

Pero ¿Para qué diserta, nuevamente, el Pesanervios? ¿Con qué fin?

El Pesanervios piensa ésta mañana, tras una noche repleta de sueños y pesadillas, en sus educandos. Siendo él educador, es decir: quien educa, y transmite aprendizajes. Piensa que tal vez sea él el que más anda aprendiendo sobre rigideces y flexibilidades propias. El brutal contacto diario con otros seres, sean estos adolescentes o quienes quiera que sean, propicia una evidentente autoconsciencia de la propia dureza. Puedo imaginar a dos coches chocando frontalmente, sería un símil un tanto grotesco, pero bastante acertado. Si tras una de estas colisiones con alguno de ellos el Pesanervios se convierte en su madre, tendrá una capacidad casi infinita para empatizar, pero lo tendrá difícil si quiere delimitar su espacio y defenderse de un ataque frontal. Si tras la colisión con uno de estos imberbes adolescentes se transforma en su padre, no tendrá ningún problema para defenderse, de hecho su vena agresiva y las Erinias de su rostro, le harán vociferar con las voces cruzadas de Alecto, Megera y Tisífone. La mixtura exacta, el ingrediente básico, es saber realmente en quien convertirse en cada momento: En su padre o en su madre. Puede sonar extraño, de hecho es sólo una metáfora emocional de la propia arqueología, la más evidente, del Pesanervios. Transformarse en padre ante una situación que no lo requiere supone rozar la locura, el lado paranoico de quien ve en todo comportamiento un ataque hacia él mismo. Transformarse en madre en una situación que requiere defenderse supone participar en la conducta idiotística y estúpida de quien se abandona a la voluntad de los demás. Y aunque parezca mentira, de alguna manera innata, estos chavales saben perfectamente cuando no haces uso de esas riendas de un modo congruente.

El Pesanervios no puede menos que escuchar los ecos del nietzscheante eterno retorno en los acontecimientos que le rodean. Desde los más nimios actos: El negrismo del café matutino, el metalismo del atascado trayecto hasta el trabajo, las cifras suntuosas de la compra semanal… hasta los más complejos y engorrosos del teatro psicosocial: la vanidad de unos, el escapismo de otros, la máscara (la eterna máscara antigás fundida en el rostro), la excelente cosecha de paranoia obtenida de la crisis bancaria…

Pero no era esto lo que el Pesanervios quería relatar. O sí. Quien sabe. El caso es que el ser humano, ese arquetipo de arcilla, lleva mucho tiempo olvidándose de aquello que ya escribiera, y es por eso que lo vuelve a escribir en papeles nuevos. La esencia de los jeroglíficos y lo pintado sobre los papiros egipcios, está presente en los códigos binarios de un ordenador. Pero nos encanta redescubrir. Nos encanta construir metáforas revestidas de tecnología. Nos encanta anclarnos sobre la línea de puntos porque nos sentimos más seguros.

Situémonos. Finales de Octubre, centro de Madrid, éste mismo año. Demos un paseo junto al Pesanervios. Recorramos la literata calle de Huertas o la metálica Castellana, detengámonos. Miremos allá, allá. Descubriremos a los operarios (sino los mismos, otros con una cara parecida) que el año pasado y el anterior hacían lo mismo: Colgar cableado y situar en lo alto lucecitas navideñas. Pero ¿Ya? Sí, porqué no. Pero si hace nada estábamos en verano ¡Cómo pasa el tiempo! Paseemos por la Gran Vía. Alegres colas de gente aguarda turno para comprar lotería en Doña Manolita. Luego vendrán los mismos temas de conversación. Que si el consumo, que si los que están a favor o en contra de las navidades, los hay apologistas y los hay extremistas. Como en política. Vendrán las mismas noticias de siempre. Hasta la publicidad y la música tendrá reminiscencias pasadas. Incluso veremos a las mismísimas personas y familiares (tal vez un poco más envejecidos), les diremos las mismas cosas con alguna que otra novedad y escucharemos amodorrados  las mismas respuestas con algún leve destello diferente. Bla bla bla.

Todo parece un mantra repetido hasta la extenuación. Y el volver a reencontrarnos año tras año en el mismo punto, no causa la más mínima alarma. El hábito, señores míos, el hábito se ha apoderado de nosotros. El arquetipo máximo de la comodidad humana: El hábito.

Unos guantes blancos

agosto 6, 2008

El pesanervios hace una semana que llora sin echar lastre por el lagrimal. Las lágrimas se acumulan en un jarro de carne del que no pueden salir. Viene y va la imagen de su propio tío echado en una cama y con las manos entrelazadas. Con unas manos blanquísimas y ojos cerrados. Justo hace una semana.

Mientras, el Pesanervios ha encontrado un trabajo mejor que el anterior. También ha encontrado un hueco en el que sentirse más a gusto. Como si hubiera retomado un camino que perdiera hace tiempo. El mundo no está iluminado por fuegos artificiales ni está adornado de florecillas de colores. La vida es magma fluorescente que quema y arranca vísceras. La vida es todo eso y no es nada. Destello de sombras.

El pesanervios ama, paga alquiler para su cuerpo y coche, paga para alimentarse, hipoteca su tiempo leyendo fragmentos, hace ejercicio prácticamente a diario, vuelve a escuchar música a todo volumen en un coche que cruza la metrópolis chorreante y achicharrada. La vida es eso. Movimiento, sudor, gesto. Sin máscaras.

Existen dos Pesanervios. Uno aparecía por aquí de vez en cuando y disertaba un poco sobre aspectos de su cotidianidad. El otro es el que hoy os escribe. Ambos son el mismo, en realidad, pero heráclitamente distintos. Somos ríos, al fin y al cabo. Ríos que arrastran las heces de los demás hacia el mar. Y en ciertas ocasiones vamos más cargados que otras. Es por eso que, el Pesanervios que hoy escribe, es la mitad del anterior.

A vuestro Pesanervios le han obligado a abandonar su empleo. Y no sin razón. No sin razón, digo, pero todo ello constreñido de ninguna moral, de ninguna ética. Los razonamientos esgrimidos para mi defecación o evacuación del aparato digestivo-administrativo-económico son de peso. No lo niego. De lo que dudo es del acto moral, pues realidad no es racionalidad, es tal vez posibilidad, tal como escribiera Fernando Savater. Aquella no era la única decisión posible. No se tuvo en cuenta mi voluntad, la voluntad implícita en mis actos. El error, porque fué un error lo que me llevó a ser juzgado, disparó un automatismo decisional que no dió lugar a las posibilidades, tan sólo a un camino.

El Pesanervios, éste (el que hoy escribe) y el otro, lleva dos semanas renqueando por ese mismo camino al que ha sido coaccionado. Lleva en la mochila una aflicción y dolor inenarrables. Podría jurar que ha cruzado por sus horas más bajas. La inacción, la verguenza, la culpa, la ira, la desaparición absoluta de autoestima, todo se acumuló en sus venas, produciendo una aterosclerosis vital. Por fín ha podido tocar con sus propios dedos la fibra dura y rugosa de la realidad. Y no es que no conviviera ya con ella, sino que tal vez siempre prefería el envés liso y sin espinas en el que se resguardaba casi todo el tiempo. Pero ésta vez no hubo escape para el Pesanervios. Se vió desnudo ante la vida, ante los verdaderos ojos del mundo furioso, vil y carnívoro que le había ido rodeando.

Allí, su mundo le fué revelado.

Él no pertenecía a aquel lugar del que ha sido desterrado. No, no con esa gente que en verdad se le ha revelado hipócrita y mezquina. Porque la virtud no está en la palabra, sino en la decisión y el acto. Y la moral, como dijera Kant, no es tanto una forma de obrar como una manera de querer. El Pesanervios se siente más vivo en la clandestinidad de su propia naturaleza. En sus letras encuentra su sangre, de la que no reniega. Consciente, terriblemente consciente de haber sido convertido en simple pieza sacrificada de un ajedrez mundano y burocrático. Pero, todo esto, no quita el dolor, el estigma tatuado por dentro, la humillación empantanada que revierte en sutil metamorfosis.

El pesanervios aún no sabe en qué se habrá convertido.

Sociopatía escéptica

abril 15, 2008

El pesanervios, otrora manojo de inquietudes y terrores, se mira con cierto orgullo cada vez que es capaz de verse victorioso en trances relacionados con cuestiones sociales. Pues, debéis saber, aquellos que por uno u otro azar os acercáis a éstas líneas, que éste que os escribe, desde siempre se definió a sí mismo como un mequetrefe en ese tipo de ceremonias.

Esta barrera que supone la distancia física, como por ejemplo ésta misma ante un frío teclado y kilómetros de cable, supone para muchos un aliento detrás del cual manifestarse, ya sea con o sin máscara. Y para el pesanervios también, pues desde que recuerda buscó parapetos y vallas detrás de los cuales poder sentirse bien seguro. Exponerse a los demás, a sus críticas o alabanzas, suponía y supone uno de sus más grandes miedos. De hecho, su vida podría definirse en función de todas esas huídas y escondites que cavó años y años sobre el húmedo terreno de su conciencia. Llegó a creer durante largos años que la soledad y la intimidad del silencio eran el mejor y único lugar donde podía sentirse cómodo. Pero quiso la providencia (de un dios seguramente ateo) que esas actitudes fueran cambiando, y que la vida demandara en el pesanervios acciones concretas, poniéndolo en la amarga tesitura de que su piel y ojos fueran frecuentemente observados por los demás.

Pues bien. Imaginad a ese pesanervios ante un auditorio, no muy grande pero lo suficiente para ser considerado por algunos como una concurrencia ciertamente intimidante. De pie, manteniendo la mirada de aquellos pares de ojos que se atreven a esgrimir una lanza examinatoria. Su misión es la de presentar formalmente a un tipo, nada de otro mundo. Debe agradecer la asistencia, hablar del por qué están allí, explicar un poco el proyecto, decir quien es y de donde viene ese tipo que está sentado a su lado y, finalmente, darle paso. Para hacerlo, el pesanervios, que ha tenido ya que enfrentarse a situaciones similares, se apoya en cierto tono y pose intelectualoide. Alarga ciertas palabras y ejerce un patente matiz vigoroso para, de esa manera, imbuir al discurso de una pátina gruesa de seguridad.

El pesanervios, de forma manifiesta, siempre ha declarado su aversión hacia ese tipo de personas que se comportan como él precisamente en esas ocasiones. Es otra de esas máscaras que usa para esconder su inseguridad. A él no le parece tan repulsiva cuando es él quien la emplea. Suele ocurrir. Conociendo el fín implícito, el contexto interior que rodea al miedo, es más fácil perdonar al asesino. De hecho, el pesanervios, se siente bien consigo mismo cuando logra hablar de esa manera educada y prudente ante un público. Le da igual verse como un maldito intérprete, figurante de su propia concurrencia teatral. Le da lo mismo verse actuando, desde otros ojos exteriores. Le importan los aplausos o el reconocimiento de sus oyentes por haber “hablado bien”. Por su parte se cansó de tanto silencio y silencio.

El pesanervios ha vuelto. Pues tal y como gira una moneda, tarde o temprano, al final, siempre termina por enseñar su cara. Es cuestión de probabilidades. Pero no ha venido éste ser a mostrar precisamente su eterno rostro de evolucionado primate, no. Lo único que quiere es enseñaros sus pies, que se ha lavado convenientemente.

Miradlos. Andan cubiertos de piel y plástico, adornados de dibujos y como subidos encima de caballos de Troya. Veinticinco euros en cada pie. En los talones, que no podéis ver así, hay finas pinceladas de herida. Heridas de guerra, diría el Pesanervios: Unos Aquiles desvencijados, destronados, avergonzados y un poco antiestéticos. Pero no importa. Es lo que resulta cuando uno pretende amaestrar esos caballos asalvajados que denominamos zapatos nuevos. Vírgenes, creados en atmósferas libres, pretenden sesgar el pie con una despótica tiranía de látigos. Laceran la piel con cautela, en silencio, vengándose lentamente así por haberse convertido en esclavos. Uno no puede, por más calcetines con los que vende esas máquinas de andar, acomodar la vileza de esos enfadados zapatitos nuevos.

He aquí donde se encontraba vuestro Pesanervios. En ese mismo lugar. Quieto, sin poder cabalgarlos como legítimo jinete, y lagrimeando gotitas de sangre. Gastando el tiempo en inventar nuevos insultos para esas doncellas de hierro que pretendían encerrar para siempre los vacilantes pasos de éste tunante.

¿Y a donde ir cuando duele caminar? Se preguntó el Pesanervios en cierto momento agónico. Y un silencio destructor respondió, impenetrable.

El caso es, queridísimos amigos, que en éste y otros casos de tortura podológica, la única senda es la de la del imperturbable dolor contínuo. Así es. La única dogmática eficiente a seguir es la del experimentado domador del cuero. El acoso y derribo, el enganche y volteo. El giro de la fusta, ordenando cuan batuta la ejecución enérgica de la sinfonía de movimiento en sí mayor. El pesanervios pronuncia suavemente: dressage. Y la armonía y la orden se someten a la misma longitud de onda. Pero oh, cuantísimas horas de agonía habrá gastado el tierno escritor de estas aventuras. Cuantísimas veces habrá pensado en abandonar, en expatriar y excomulgar esos zapatos al más oscuro e infernal fondo de armario.

Pero el Pesanervios, doblemente enorgullecido, pues dos fueron los jinetes y dos las bestias amansadas, se complace en anunciar que pudo doblegarlas a base de duro condicionamiento. Con estas simples advertencias, que el pesanevios ha seguido al pie de la letra (nótese el guiño), pueden conseguirse bellos armónicos como el paso, el trote, el galope, el paso atrás, e incluso la media parada sobre el bordillo de ciudad.

Las orejas del onanista

noviembre 29, 2007

El pesanervios siempre piensa en el frío con agrado. De hecho nació entre copos de cristal en un lecho de cellisca, por tanto éste suele traer recuerdos agradables: blandos y suaves. Nada que ver con espíritus navideños ni estrafalarios axiomas culturalistas que entran con calzador publicitario dentro de nuestras casas y mentes. No, el pesanervios se refiere a una íntima comunicación entre lo que es y lo que fué através de su cuerpo.

Hoy el pesanervios dió un maravilloso paseo por el Madrid que nunca vió Epicuro. Su serenidad alcanzaba a acariciar con los dedos todo un vasto elenco de endorfinas, cuya textura era finamente examinada por un ojo clínico interior. Sus propios pasos, ese liviano peso que iba siendo proyectado hacia adelante, eran puro deleite. Ya sólo en el simple hecho de saber que se sucederían, uno tras otro, encontraba el pesanervios una gran satisfacción, como si fueran estos los manjares que un rajá fuera degustando uno tras otro, sin que su gula quedase mermada por el arte grasiento de los cocineros de palacio. La mirada era otro de esos placeres a los que él daba uso. La iba colocando aquí y allá en todos aquellos rincones que la ciudad le iba mostrando, como hacían aquellos pintores franceses impresionistas para extraer la imagen del cuadro. Las manos del pesanervios iban enfundadas en los bolsillos del abrigo y dormían plácidas, y habían de parecerse un poco a dos mastines leoneses descansando a la intemperie pero cálidos bajo su manto de grasa.

Sólo las orejas iban congelándose a propósito. Iban cubriéndose de frío en capas finísimas. Y he aquí algo fantástico: Porque cariciar sus orejas frías son para el pesanervios uno de los placeres más gigantes y, posiblemente, el más antigüo de todos. Él no sabría si ponerlo delante o detrás de la mismísima comida en su lista hedónica, y tan sólo estaría un puesto más abajo que el sexo. El pesanervios cita esto a modo explicativo, para que su severa e ínfima audiencia evalúe hasta qué punto le resulta placentero este acto. Y es éste gesto, como bien ya ha comentado, uno de los más antigüos y, a fines etimológicos, el pesanervios debe decir que muy probablemente tuvo su nacimiento mientras navegaba la profunda noche en su cuna con forma de nao allá por su niñez más primigenia, la prehistoria de cada cual. Por aquel entonces sólo podía soportar la soledad eterna de las noches através de un chupete y una manita agarrada a la propia orejilla fría que asomaba. Aquel pequeño reducto le salvaba del miedo y de la misma forma el océano de las horas era achicado. Pronto, con el paso de los meses, sus padres, apelando a la madurez, le arrebatarían vilmente aquel chupete, dibujando así un estigma en su pecho, un vacío amplio. Pero lo que nunca pudieron quitarle fué ni la mano, ni la oreja, ni la libertad de hacer coincidir mano y oreja en un mismo espacio. Eso quedó fijado en el atrevido ducumento interior que acababa de firmar: Nadie le arrebataría el placer de acariciarse y gozar de ese tesoro.

Pero, el pesanervios, debería hablar también del gran dilema que suponía venerar y despreciar al mismo tiempo aquellas orejas. Las usaba como furcias, porque primero reunía el cariño que los dedos precisaban para recorrer lentamente los lóbulos y su superficie cartilaginosa buscando el frío en sus recovecos, amándolas tiernamente, y después, tras el apaciguamiento de aquel deseo y viéndose la cabeza en el espejo con aquellas protuberancias en los extremos, las odiaba por su enorme y repugnate forma, viéndolas tal y como veía el hidalgo de triste figura gigantes en donde había molinos. Retorciéndolas, clavándose las uñas y escondiéndolas bajo sus manos, como avergonzado de una puta fea con la que se acabase de gozar y, siendo consciente, soportar ahora el peso terrible de la culpa.

En la actualidad el pesanervios ha logrado una extraña tregua con el espejo. Ahora éste le devuelve una imagen serena de sí mismo, una imagen que acepta a quien lo mira. Por tanto, en días como hoy puede salir a la calle, recorrer el viejo Madrid de los austrias, y luego volver con el regalo del frío alojado en sus orejas, y así disfrutar durante largos minutos, absorto en la exorbitante sensación que mezcla el placer infantil con el placer adulto. Tendiendo un puente entre los días del madrileño mil eurista y las nostálgicas noches de silencio y miedo en la cunita.

La tristeza de hombres huecos

noviembre 9, 2007

El pesanervios se consideró hace algún tiempo como un ser triste, triste como la figura del hidalgo que veía gigantes. Es cierto que ha llovido y tronado mucho desde aquel día -al igual que ha habido días de fastuosa primavera- y que aquella información sobre sí mismo ha ido siendo canjeada por una mucho más realista. Aún así, sin estimarse desdichado por ello, el pesanervios ve remoto el momento de considerar a la tristeza como algo que está lejos de él. Es más, el pesanervios sin su tristeza, sería como ese pescado a la gallega sin su pimentón dulce o una paella desazafranada.

Montaigne, en el segundo ensayo del primero de sus libros, habla de la tristeza con más rechazo que agrado. Nos dice que “los estoicos la prohibían a sus sabios” y habla de ella como si de una enfermedad terrible se tratase, dejando claro que él está totalmente exento de ella. Por otro lado describe algo bellísimo, relacionado con la suprema tristeza, y es ese momento en el que, siendo la desdicha tan honda y profunda, la persona es incapaz de expresar nada y su rostro queda petrificado por el dolor, porque, como cita de Séneca, leves, las penas se expresan, grandes de callan. Leyendo éste pasaje son muchos los momentos que acuden a la memoria de el pesanervios. Momentos de terrible desasosiego en los que, abatido de manera fulminante, fué incapaz de mostrar leyenda alguna en su facie y en sus ojos sólo podía reflejarse un infinito de quietud. Las lágrimas, en esos momentos, no respondieron a la llamada de la tristeza, sólo el frío gélido del no sentir y del vacío extremo. Si alguien, quien fuera, hubiese gritado algo, se hubiera oído el retrato perfecto y limpio de un eco sobre sus costillas, como en aquellos hombre huecos de T. S. Eliot.

Luego está esa tristeza histérica, que necesita de un oyente o un espectador para movilizarse. Una tristeza urdida, planeada, y falsa toda ella, que el pesanervios ha podido observar alguna vez con sus propios ojos, y sentir lánguidamente en su corazón, para su desgracia. Tal vez sea esta la más mísera forma de coacción inventada por el hombre, cuyo terrible objetivo es la búsqueda del movimiento emocional a través de la pena en el otro. El pesanervios reconoce, aunque eso signifique situarse dentro de los límites de lo humano, haber caído en esa trampa muchas veces. Lo cual, por otro lado, ha hecho que su corazón quede templado, endurecido y tatuado, con una evidente desconfianza hacia la tristeza mostrada por los demás. Fue la mísmisima, la ínmácula, madre de el pesanervios la que fué forjando durante la infancia de éste ésta y otras corazas de las que no se siente demasiado orgulloso. Ella, sin saberlo del todo, lavó su cara en su piel, y trató su corazón, aún pequeño y libre, como paño para unas lágrimas que sólo buscaban un otro que escuchara aquellos lamentos, y que recogiera aquel líquido salado para beberlo con prudencia. El pesanervios tragó la hiel, y se alimentó de una desgracia que lo fué lacerando por dentro. Bien es cierto que, por otro lado, aquella experiencia fué dándole una forma peculiar a la emoción propia y una dirección al sentimiento de la que nunca ha querido separarse y que ama como parte inherente. Pero también es cierto que, pasado el tiempo, se vió cometiendo los mismos crímenes que le había ido enseñando su amada madre, viendo en su mano el mismo brillo de aquel terrible cuchillo y que, tangencialmente, otras mujeres, habiéndose dado cuenta de ésta forma de sentir, utilizaron vilmente ese método coercitivo y mísero del que habla con él mismo.

Por todo ello el pesanervios ha de situarse, en lo referente a la tristeza, al lado de Montaigne, a pesar del cariño que siente hacia ella, y prevenir de los usos simbólicos que de la tristeza hacen algunos. Para ello lo primordial, lo primero que ha de hacerse, es aprender a diferenciar la verdadera tristeza de la máscara del dramaturgo.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.